La nueva era del Imperio

"Los incas demostraron una vez más su sabiduría". Y es que aquella civilización imperial y militarizada tuvo la lucidez de construir la ciudadela de Machu Picchu a una altitud tal, que se mantuvo a salvo de la furia de los ríos. Justamente lo que acaba de provocar un desastre sin precedentes en el principal destino turístico del Perú (ver páginas 16, 17 y 18).

Las consecuencias de esta tragedia no pueden ser más desafortunadas. Machu Picchu estará cerrada por un máximo de dos meses, hasta que se culmine la refacción de la vía férrea que conecta la zona con el Cusco. Un hecho que casi ha liquidado las reservas de receptivos en la Ciudad Imperial. Y que, seamos realistas, ha dejado alrededor del mundo una imagen negativa que costará muchísimo borrar, a pesar de las declaraciones populistas del ministro Martín Pérez, quien asegura que se mantienen intactas las posibilidades de alcanzar los 2.2 millones de turistas a nuestro país en 2010.

Plantear medidas urgentes para atender el turismo cusqueño, eso es lo que se debería hacer desde el Ejecutivo. Es cierto, cómo no, que lo más importante hoy es velar por el bienestar de las comunidades locales más afectadas por el desastre. Pero hay que recordar también que, siendo el turismo la segunda fuente de divisas en el Cusco, reflotar la industria sin chimeneas es prácticamente equivalente a reavivar toda la economía de la región. Ese es el discurso que deberían adoptar el titular del Mincetur y la flamante viceministra Mara Seminario.

Sumado a esto, planteamos algunas medidas que deberían ser implementadas de inmediato:

Uno. Ofrecer signos de voluntad política para resolver el caos en Machu Picchu Pueblo. Este es el momento ideal para definir si es necesario o no reubicar a la tugurizada y caótica localidad, la puerta de entrada al santuario. Mudar a un pueblo entero no es algo nuevo para el Cusco. En 1998, un huayco arrasó con Santa Teresa, entonces ubicada en la confluencia de los ríos Santa Teresa y Sacsara. Hoy, el distrito -que no ha sufrido daños considerables por el desborde de los ríos- se levanta 500 metros más arriba, en una zona más llana y segura. ¿Por qué no hacer algo similar con lo que hasta se poco se conocía como Aguas Calientes?

Dos. Habilitar nuevos accesos a la ciudadela. Lo explicamos con lujo de detalles en noviembre de 2009 (artículo Seremos exploradores, EP 414) y se lo recordamos en la página 30 de esta edición. Existe un proyecto de la Cartuc para implementar cuatro rutas alternativas a la convencional. Es inconcebible, pues, que solo dependamos de una vía para llegar a Machu Picchu.

Tres. Diversificar -de una vez por todas- nuestra oferta turística. No es posible que por la inhabilitación de un solo atractivo, aun si se trata de una maravilla mundial, se paralice gran parte de la industria de los viajes en el Perú.

"El cielo negro solo se aclara con una tormenta", sostuvo alguna vez el gobernante iraní Ayatollah Khomeini. Y es que, al margen de los graves hechos que todos lamentamos, esta catástrofe abre una nueva era para el Cusco, una donde deberán resolverse los eternos problemas que aquejan a Machu Picchu.

La historia nos exige estar a la altura de los incas.