Esto sí que es un claro ejemplo de cómo los conflictos sociales afectan a nuestro turismo.
Nos referimos, cómo no, al paro convocado por la Federación Nacional de Mineros Artesanales del Perú debido a la publicación del Decreto de Urgencia 012, que dispone medidas para la formalización de la minería en Madre de Dios. Insurgencia que dejó bloqueos de carreteras en diversas zonas del país, enfrentamientos entre la policía y los mineros y la muerte de personas, entre otros hechos para lamentar.
Uno de los lugares más afectados con esta acción de fuerza fue Chala, provincia de Caravelí, en Arequipa. Allí, donde se registraron seis fallecidos y 25 heridos, se esconde una joya turística de sol y playa. Un destino caleta -y de caletas y chalanas-, un litoral de ensueño, una costa reverberante que cohabita con una zona serrana -ubicada al otro lado de la Panamericana Sur-, hábitat de incontables minas informales.
Esta es la imagen actual de Chala: un sitio peligroso poblado por gente iracunda y violenta. Pocos recuerdan que la provincia, situada a 400 kilómetros de Arequipa, rodeada por desiertos y enclavada en un macizo rocoso que avanza hasta el mar, posee un pequeño puerto que tuvo su apogeo comercial desde finales del siglo XIX hasta casi concluir la década del 40. En aquella época, el principal punto de conexión entre Lima y el sur del país, ya que la carretera Panamericana era aún un sueño lejano.
Chala, aunque con una industria turística incipiente, posee ese atractivo rústico que caracteriza a todo pueblo decadente. Todavía están en pie sus típicas casas de madera pintadas de diversos colores, construidas a principios del siglo XX, algo que lo asemeja y hermana a dos localidades también portuarias: el barrio bonaerense de La Boca y Chucuito, en el Callao.
El chaleño suele ser un ser sosegado, que vive a paso tranquilo bajo el sol de la campiña, ávido de contarle al turista sobre aquellos inmemoriales tiempos de esplendor, cuando llegaban a caballo productos de Ayacucho, Apurímac y el Cusco, para ser enviados en barcos a vapor hacia Inglaterra y Dinamarca. Y para celebrar el cierre de muchos de estos negocios, se realizaban ostentosas fiestas y celebraciones de las cuales ha surgido más de una leyenda urbana.
Pero los buenos tiempos terminaron por mandato de la naturaleza. En 1948 la localidad fue arrasada por un maremoto, que se llevó consigo toda la prosperidad del momento.
Hoy, una nueva desgracia la amenaza. Esa que trajeron la minería informal y los asaltos sangrientos a vías terrestres. Por ello, es momento se reivindicar a Chala, a su gente acogedora, a su insólita gastronomía -que combina insumos marinos con típicos arequipeños- y a su prosapia envuelta en la resolana de la añoranza.




